Judith Butler, Marcos de guerra. Las vidas lloradas. Paidós, 2010.

Estàndard

Surgidas del envilecimiento de la mirada, las fotos de Abu Grahib, de Guantánamo y todas las representaciones de tortura, barbarie, guerra o injusticia publicadas en los medios de comunicación, deben hacernos reflexionar, más allá de su contenido explícito, acerca de los mecanismos de presentación, enmarcado y resolución que subyacen detrás de los fines supuestamente informativos que oficialmente las legitiman. Debemos hacer crítica de la imagen fotográfica ya que, en muchos casos, es ella la que configura definitivamente la opinión pública en una dirección u otra y porque sino lo hacemos nos arriesgamos a caer en manos de quienes pretenden manipular nuestros juicios y opiniones imponiendo, a través de ellas, determinadas lecturas. La imagen, por el mero hecho de ser imagen, prefigura una manera de acercarnos, sentir, pensar el mundo que nos rodea, por lo que se hace necesario un debate acerca de los marcos que limitan el mundo de la fotografía, de manera que podamos conocer qué o quien se queda fuera.

Con Marcos de guerra. Las vidas lloradas, Judith Butler continua la senda abierta por Vidas precarias, con la intención de seguir explorando las condiciones de posibilidad de una cultura interesada en dejar al margen aquello que no considera digno de mención. Esos datos incómodos que hacen temblar los cimientos de la civilización occidental dejando aflorar sus miedos y debilidades. Este rechazo al reconocimiento del otro y, sobre todo, de lo otro nos indica que las categorías sobre las cuales hemos edificado la cultura y la sociedad desarrollada se alzan sobre la negación instrumental de otras formas de vida diferentes a la nuestra.

“¿Por qué sentimos horror y repulsa moral frente al atentado suicida cuando no siempre lo mismo frente a la violencia patrocinada por el Estado? Tal es la pregunta Butler nos plantea tomando como campo de análisis la fotografía y los marcos en los que se mueve. Marcos técnicos, pero también marcos psicológicos, políticos, culturales y, porque no, marcos metafísicos. La representación del dolor se mueve, y así fue también en sus orígenes, en círculos muy reducidos, alejada deliberadamente de la opinión general. Atizadores de conciencias, los poetas fueron condenados por Platón y asimismo se negaron los poemas escritos en Guantánamo por los presos recopilados a rebufo del 11 de septiembre.

Ahora bien, ¿qué debemos hacer para poder ver con buenos ojos y reconocer al otro que se me aparece mediado por el afán de control? Aceptar la precariedad de la vida. “Una actitud ética no surge espontáneamente en cuanto se destruyen los habituales marcos interpretativos, ni una conciencia moral pura surge una vez se han retirado los grilletes de la interpretación cotidiana. Antes al contrario, es sólo desafiando a los medios de comunicación dominantes como ciertos tipos de vida pueden volverse visibles o cognoscibles en su precariedad”. Desafío y precariedad, éste es el remedio que encontramos. Desafío contra lo establecido porque se basa en categorías que nos obligan a no pensar que también merecen duelo aquellos que no entran en las listas.

La exposición se divide en dos dimensiones: los que no se ven, los negados, y los que entran en las fotografías. De la mano de Susan Sontag, Butler se pregunta porqué vieron la luz las torturas de Abu Grahib y “por qué las fotos no llegaron a producir alarma, o sólo demasiado tarde, o sólo para quienes estaban fuera de los escenarios de la guerra y del encarcelamiento”. ¿Cual es la posición del fotógrafo en la escena? ¿Cómo se llega a tirar fotos de soldados orgullosos de sus hazañas, mientras los torturados permanecen con los rostros escondidos después de haber sido vejados? ¿Que papel juega la fotografía aquí? “¿Se hicieron para poner al descubierto los malos tratos o para recrearse en el espíritu del triunfalismo estadounidense?”

La duda ofende. La duda muestra cómo vivimos sometidos a definiciones que dependen de colores políticos, cuando no de intereses económicos o de preceptos religiosos. Butler muestra como es posible establecer un paralelismo entre los marcos de la guerra y los marcos de la sexualidad. Según la autora, política cultural y política sexual convergen en occidente con cierta idea de modernidad como marco, que divide el mundo en tiempos distintos, que enfrenta colectividades que en realidad luchan por una misma causa: en contra de los mecanismo coercitivos y de la violencia estatal.

Butler conecta así, de manera lateral, con sus celebres trabajos sobre la construcción social del género, construcción que se enfrenta los modelo preestablecido por aquellos a los que beneficia. “La violencia estatal a menudo se articula postulando un sujeto soberano” que representa el modelo a seguir y la delimitación de las fronteras más allá de las cuales existe lo otro. Un otro que no es captado ni por el liberalismo ni por el multiculturalismo, ya que ambos comparten el prejuicio de creer que lo que hay es un marco de lucha identitaria que debe reparase.

Esta lucha debe atenuarse y sólo será posible hacerlo si ampliamos nuestra noción de derecho hacia posiciones de relación recíproca y de mutuo reconocimiento. Con este llamamiento, el libro termina defendiendo la pretensión de la no violencia como una forma de “poner la mano en el freno de emergencia” de la historia y advertir que aún nos conducimos sobre las vías de la violencia y la represión, algo que nos lleva a un desprecio por los demás y a una ceguera, asimismo, despreciable.

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