José Luis L. Aranguren, Filosofía y vida intelectual: textos fundamentales, Trotta, 2010

Estàndard

José Luís López Aranguren representa una figura importantísima dentro del panorama filosófico nacional. Y no precisamente porque en 1989 ganara el Premio Nacional del Ensayo y en 1995, un año antes de su muerte, se le concediera el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades compartido con la agencia EFE, sino porque dentro de sus obras habitan los principales pensadores españoles del siglo XX: Ortega y Gasset, Xavier Zubiri, José Gáos, Manuel Garcia Morente, Eugeni d’Ors, Pedro Laín Entralgo… Pero su influencia no termina ahí. Muy lejos de su presunto franquismo, grandes maestros le recuerdan, es el caso de Javier Muguerza, José Gomez Caffarena, Adela Cortina, Pedro Cerezo, Manuel Fraijó, Reyes Mate, Ignacio Sotelo, Elías Díaz, Antonio García-Santesmases. En definitiva, un pensador que nos permite reseguir gran parte de la filosofía española desde los años posteriores a la Guerra Civil hasta los albores del siglo XX.

Continúa pues Trotta, tras editar las obras completas, en su tarea de divulgación de la obra de Aranguren publicando una antología editada por Carlos Gómez, a propuesta de Javier Muguerza, que lleva por título Filosofía y vida intelectual. Textos fundamentales. La selección es exhaustiva y abarca desde el “catolicismo existencial” de Catolicismo día tras día o Catolicismo y protestantismo como formas de existencia, tal y como Aranguren gustaba de calificarse, hasta los escritos de carácter intervencionista y de fuerte carga política de los años 90. Es así que para un neófito en la obra de Aranguren este libro le servirá para dotarse de una panorámica clara y definida de sus principales obras, junto con una entrevista que le hiciera el profesor Muguerza publicada en 1993, que punto tras punto recorre de la mano de Aranguren los avatares y pensamientos que se cruzaron a lo largo de su vida.

La de Aranguren es una filosofía que parte del interés por el fenómeno religioso para irse transformando lentamente desde la óptica de la ética en una filosofía moderna, opuesta a la escolástica reinante y que aboga por un papel muy claro del intelectual en la vida pública. “No, yo no creo, como ha afirmado Leguina, que el intelectual mantenga que hay necesariamente contradicción entre política y la ética. No. Sostiene y apoya la tensión, que puede ser fecunda, entre la una y la otra; y el intelectual ha elegido, como su causa, según se mire, la mejor o la peor parte. Pero una política cabal tiene que ser, a la vez, ideológica, es decir, ética, y pragmática, o sea, operativa, agible, realizable”.

Adentrándonos en esta antología nos topamos con un carácter de carisma fuerte, a veces difícil de armonizar, perseverante, tanto es así que Francisco Vázquez García en su lectura sociológica de la filosofía española de la segunda mitad del XX no duda calificarlo cómo uno de los nódulos principales alrededor del cual se concentra la intelectualidad filosófica española de los setenta y los ochenta, al convertirse, a partir de los hechos de 1965, en un “icono de los profesores universitarios represaliados”.

Pero para Aranguren si existió un maestro ese fue Zubiri. Fue a partir de él que empezó a desplegar los puentes que finalmente habrían de unir religión y ética separando ambas esferas, permitiendo discernir entre ellas. No hace falta señalar que si uno se propone explorar la filosofía de Immanuel Kant, además de tratar los aspectos referidos a la razón se centrará asimismo en el carácter protestante de su pensamiento, bien, este es precisamente el punto de vista que guió a Aranguren de las paredes de la ortodoxia nacionalista hasta el verano y la fiebre de los años hippies en California, expulsado de la Universidad por el régimen franquista. Y como resultado nos legó una ampliación del horizonte ético de ese momento sabiendo diferenciar la ética personal de la ética social, ésta última sustentada, no ya en la metafísica, sino en las ciencias sociales, hasta llegar a lo que denominó una “ética de la aliedad” o ética de las instituciones públicas, culminando un proyecto que tenía como finalidad “culminar el tránsito desde las sociedades cerradas a las sociedades abiertas”.

El mismo Aranguren lo reconoce: “de pequeño y de joven fui quizás excesivamente sumiso, y el resto de mi vida consistió en buena parte en aprender a no serlo, en el aprendizaje de la insumisión”. Todo un ejemplo a seguir para aquellos adormecidos que aguardan su salvación impasibles, como si, en el caso de que hubiera un lugar en el cielo para ellos, dicho lugar no debiese se merecido por meritos propios.

Católico y contracultural, amante de la juventud y defensor de una íntima interpretación de nuestras vidas, la selección que nos propone Carlos Gómez muestra cómo sus último escritos rebosan heterodoxia y consciencia a partes iguales. Su mirada, pocos años antes de morir, sobre su propia vejez, deshuesando las virtudes que derivan de la consciencia del final de la vida, nos hacen pensar en un hombre que encaminó su vida hacia una plena auto-realización personal y social sustentada sobre la asunción de los errores y las virtudes. ¿Consiguió Aranguren sentirse finalmente satisfecho y aplacar esa ansia de conocimiento que demostró a lo largo de toda su vida? Sólo la legión que lo respeta puede dar fe de ello.

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