Carlo Michelstaedter, Diálogo de la salud, Marbot Ediciones, 2009

Estàndard

Hablar de Carlo Michelstaedter implica hablar de juventud, de amor y de muerte. De juventud porque su obra, forjada antes de los 23 años, constituye una de esas filosofías capaces de enfrentarse con cualquier convencionalismo más allá de los tópicos que adquiere el pensamiento maduro sin darse cuenta. Ejemplos literarios los encontramos en el joven Rimbaud o en el maldito Lautremont, por mencionar dos casos de juventud desbocada. Del amor porque tres grandes pasiones fueron las que rigieron la vida de este díscolo italiano de raíces judías, Nadia, Iolanda y Argia. No es momento de pararnos a analizar como el curioso adolescente debió vivir que un mujer de edad madura, con la que compartió su estancia en Florencia, decidiera suicidarse por causas aún desconocidas, que su propia familia frustrase su proyecto de matrimonio con Iolanda o que, finalmente, su amada Argia, pianista de fuerte personalidad acabara siendo deportada a Auschwitz por sus convicciones políticas. Sin duda, la imposibilidad de fijar un proyecto de vida fundado a partir del amor marcó para siempre la sensibilidad de este brillante estudiante de filosofía austro-húngaro quien, después de redactar las conclusiones a su tesis, terminó con su vida de un disparo. ¿Fue ese el último de sus gestos para ganar a la vida, para auto-afirmarse delante de ella? No es posible contestar a esta pregunta sin hacer suposiciones, pero si nos atenemos a los preceptos de la filosofía estoica, para quien el suicidio era antes que nada un noble ejercicio de auto-afirmación, debemos entender este último gesto como un intento de persuadir “más allá de la retórica” la insoportable condicionabilidad de la vida.

Citamos el tema de la retórica porque es uno de los temas principales del Diálogo de la salud, felizmente recuperado por la editorial Marbot, que con este título aumenta, si cabe, el número de libros que nunca debieran haber sido olvidados.

Michelstaedter retoma el formato platónico para actualizar sus contenidos y lo hace utilizando dos alter-egos, Nino y Rico, cuya intención no es otra que identificar el núcleo de la salud humana. ¿Es la salud un tema corpóreo o se trata más bien de un saber de si que se identifica antes que nada con una cierta idea de lo que es la vida y la forma que tenemos de posicionarnos ante ella. “La preocupación de la vida, nos dice, impulsará siempre a los hombres a procurar y buscar las posiciones donde vieron vivir a otros, en las cuales quizá puedan vivir ellos cierto tiempo. Y debido a esta preocupación, de la vida sana del cuerpo nace la degeneración sensual y la retórica de los placeres; de la actividad recta de un hombre que tiene una misión que cumplir, nace la ambición de la potencia y la retórica de la autoridad; de la obra de un hombre que tenía algo que decir, nace la pose de los creadores y la retórica artística. (…) De este modo, el ser humano da nombre a las manifestaciones seguras de la vida, ambiciona en ellas sus formas para obtener la persona y las alegrías; preocupado por esta vida que se le va de las manos, se vuelve esclavo de ella. Pero el destino se mofa siempre de él”. Según Carlo, una doble vuelta caracteriza la potencia de la vida frente a las presunciones humanas, la primera las exagera, las convierte en retórica, la segunda las desprecia, las obvia, como si el hombre nada tuviera que decir en lo referente al desarrollo vital del mundo.

El volumen prosigue con algunos diálogos menores, aunque no por ello menos fascinantes, en los que se dan cita un cometa y la tierra, un burgués y un sabio, Diógenes, Napoleón y el mismísimo Sócrates. Ejemplos dialécticos todos ellos destinados a ilustrar algunas de las cuestiones que centraron las preocupaciones de nuestro joven autor. Lo observamos en el Diálogo entre Carlo y Nadia, por ejemplo, en el que es fácil adivinar el sentimiento de culpa que poseyó al joven estudiante al conocer la noticia de la inesperada muerte. “Nunca has amado, ni a mí ni a nadie, sino en todos siempre a ti mismo”, le increpa Nadia con una violencia desmedida, “piedad, sí, pues sufrirás como nunca has sufrido, serás más miserable de lo que has sido nunca, y muchos tendrán piedad de ti, pero nadie te amará”, prosigue implacablemente. Lejos de mostrarse auto-complaciente la carga existencial que tiñe todos estos pequeños textos demuestra que una furia interna inspiraba las palabras del joven. Una furia que le sirvió para trascender con sus pensamientos la herencia de sus mentores en busca de un modelo epistemológico basado en la mezcla entre la sabiduría antigua y el constructivismo destructor a la manera nietzscheana.

Desconozco si existe algún estudio sistemático sobre la obra de Michelstadter en nuestro país y únicamente he encontrado una edición, agotada obviamente, de su sorprendente La persuassione y la rettotica, su tesis doctoral. Ojala la publicación de estos escritos más íntimos, más directos, más mordaces, despierte la curiosidad de nuestro público por este tipo de figuras. Figuras al margen de la idiosincrasia reinante, que no pueden ser entendidos ni cómo erizos ni como zorros, si nos atenemos a las categorías de Berlin. Yo prefiero a Valery cuando dice: “dos clases hay en un autor: lo que se puede imitar de ellos, y esto constituye su influencia; y lo que no se puede imitar de ellos, y esto constituye su valor. Lo que es imitable en ellos difunde y amenaza su existencia. La otra parte los preserva. Por lo primero son importantes, y son únicos por lo segundo”. Pienso que a Michelstaedter no le dio tiempo para convertirse en referente para ser imitado, de él sólo nos queda la autenticidad.

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