Pierre Hadot, No te olvides de vivir. Goethe y la tradición de los ejercicios espirituales. Siruela, 2010.

Estàndard

La de Pierre Hadot es una sabiduría plácida y así lo demuestra en cada estudio que propone. Su último trabajo, No te olvides de vivir. Goethe y la tradición de los ejercicios espirituales, publicado ahora en la editorial Siruela, demuestra que la suya ha sido toda una vida dedicada a mostrar la utilidad y belleza de tales ejercicios, que tratan de los “actos del intelecto, o de la imaginación, o de la voluntad, caracterizados por su finalidad: gracias a ellos, el individuo se esfuerza en transformar su manera de ver el mundo, con el fin de transformarse a sí mismo”.

Es natural por tanto que un autor como Goethe sea “uno de mis autores favoritos”. Goethe es el padre de la bildungsroman, novela consagrada a describir el proceso de madurez del alma que se caracteriza especialmente por el cuidado espiritual de ésta. Y no es casualidad tampoco que la idea de bildung coincida con el éxito internacional de las Reflexiones sobre la imitación de las obras griegas en la pintura y la escultura de Wincklemann, obra que recupera explícitamente el concepto de paideia, educación en sentido griego. Goethe y la Antigüedad poseen un vínculo que no podía pasar por alto al profesor Hadot.



Es por ello que, inmerso en su propia narración, el ensayo recorre a partir de las referencias a Epicuro, Séneca, Marco Aurelio, Platón, la toponimia del vitalismo goethiano y los tres momentos principales que lo caracterizan: la vivencia del presente, la capacidad de ver desde lo alto y finalmente la esperanza como proyecto, la insondable esperanza que une la existencia al pasado y al futuro.

Presentando en todo momento la relación entre la visión antigua de dichos fenómenos y la visión romántica de Goethe, Hadot demuestra que el maestro de Frankfurt no sólo conocía bien la obra de los antiguos, sino que la utilizó deliberadamente en numerosas de sus obras como sentido último de sus personajes. Es así que se explica la verdadera esencia del Fausto, por ejemplo, y la fijación con la belleza que muestra Mefistófeles.

Es la presencia, la experiencia filosófica del presente, la que abre el libro. A partir del ejemplo de Fausto y Helena y de las palabras de éste: “entonces el espíritu no mira no hacia delante ni hacia atrás. Tan sólo el presente es nuestra felicidad”, la primera parada es la de aceptar que no hay porvenir remoto ni pasado mítico que pueda salvarnos. Según Hadot, son precisamente las obras de arte antiguo las que revelan a Goethe los dos aspectos del alma antigua con respecto al presente. “En primer lugar, el sentido del instante que se impone”, el kairós, y segundo, “el profundo lugar de la vida, de la presencia vida de los seres y de las cosas”. En Goethe, como en Epicuro o en Séneca, se busca “representar la existencia”, con todo lo insondable que hay en ella.

Y para ello, un segundo momento es la mirada desde lo alto, la mirada sub specie aeternitatis que diría Spinoza. Explícitamente característicos son los versos del Genio que planea por encima de la esfera terrestre en los que Goethe manifiesta:

Ya tenemos bastantes Memento mori,

prefiero no volver a decirlos.

¿Por qué debería en el vuelo de la vida

torturarte con el límite!

Por eso, como un viejo barbudo,

docendo, te recomiendo,

querido amigo, según la manera que es tuya

sin más, vivere memento.

La expresión no te olvides de vivir “exige que aquel que lo practica se sitúe en una determinada disposición moral” y en este sentido Goethe conecta, de nuevo, con la filosofía estoica y epicúrea, para quienes el arte de la contemplación permite observar la suerte del humano desde la infinitud del presente y gozar de ese sentimiento. De manera especialmente deliciosa, en esta parte del libro se nos muestra toda una fenomenología de la mirada planeante. Partiendo de las cumbres de montaña hasta llegar a Ícaro y su osadía aleccionadora, pasando por los vuelos de pájaro y los globos aerostáticos como metáforas de la contemplación pausada, aparece toda una toponimia de los lugares del alma. “El mundo será para ti más bello / si de reojo lo miras”.

Como último peldaño se aborda la cuestión de la esperanza a partir del enigmático poema Urworte. Orphisch. “En este caso la Esperanza es proyecto de actividad, y de actividad consagrada a la transformación y a la felicidad de la humanidad (…). Esta visión del futuro puede alcanzar la intensidad de un instante sobrecogedor en el que Instante y Eternidad se unen”. Toda una afirmación ontológica que, según Hadot, sustenta el corazón de uno de los padres del romanticismo. Contra la necrosis del espíritu, la esperanza es lo único que ilumina el último instante de vida de Fausto. Una esperanza que se concibe como motor de la actividad humana y que, suponemos que esas son las intenciones de Hadot, bien podría ser recuperada en el contexto nihilista del mundo postmoderno en el que estamos instalados.

El libro termina resaltando la idea que aguanta todo el recorrido: llegamos a la cima de la montaña y observamos desde lo alto que en nuestro interior habita el gozo de existir, mediante la pregunta por la vida. Una pregunta que se plantea en Goethe desde un punto de vista estético, demostrando que la estética también puede ser camino de salud. Y así nos lo enseña Pierre Hadot en esta edición, excelentemente traducida, que viene a mejorar si cabe las luminosas baldas de la colección de Siruela El arbol del paraíso.

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