Byung-Chul Han, la sociedad del cansancio y de la transparencia. Editoral Herder, 2012-13

Estàndard

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¿Qué significa filosofar en el siglo XXI? ¿Cual es la función del filósofo en un mundo capitaneado por la ciencia y la economía? ¿Cómo elaborar una teoría filosófica acerca de la sociedad actual después de haber tocado de muerte a los grandes relatos? ¿Desde donde empezar una crítica filosófica coherente con la fragmentación y la disolución del hombre que viene relatando la sociología desde hace más de un siglo?

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Hoy en día no es fácil contestar a estas preguntas. Parece que el filósofo ha quedado relegado al mundo académico, un mundo hermético por definición, acusado de vivir alejado de los problemas de la mayoría. Sin embargo, si acercamos un poco más la lupa vemos que, efectivamente, sí existen un número considerable de pensadores comprometidos cuyas obras transforman la manera que tenemos de ver el mundo. Quizás sean estadístisticamente pocos y la mayoría, es cierto, son profesores, pero hoy, como en todas las épocas, existen individuos cuyas ideas nos permiten ver un poco más allá de la inmediatez y las convenciones haciéndonos más conscientes y, con ello, más preparados.

Hasta hace cuatro días, Byung-Chul Han era un completo desconocido para todo aquel que no supiera leer en alemán. Sin embargo, después de que un pequeño librito, “La sociedad del cansancio”, publicado en 2010 y traducido a ocho idiomas (Herder se ocupó del castellano en 2012) lo haya catapultado meteóricamente hasta el top ten de los filósofos contemporáneos, hay ya quien habla del “Zygmunt Bauman de Oriente”.

Y lo cierto es que la definición se ajusta mucho a su pensamiento. Con grandes dosis de materia filosófica, pero poniendo el acento en los cambios sociológicos que estan teniendo lugar en la sociedad contemporánea, la tesis con la que Han entra en la palestra filosófica es que estamos viviendo un silencioso cambio de paradigma que nos encamina, sin apenas darnos cuenta, hacia una sociedad del rendimiento. El hombre contemporáneo se ha convertido en una fábrica de sí, hiperactiva, hiperneurótica, que agota cada día su propio ser diluyéndolo en un sin fin de actividades, a la postre, vacías de sentido. Por decirlo con las palabras de un autor muy citado por Han, ha estallado el simulacro baudrillardesco y eso es algo que, obviamente, tiene sus consecuencias. Hemos pasado del éxtasis de la información al exceso de positividad, cosa que ha terminado por ahogar las fuerzas creativas de las sociedades occidentales bajo una falsa promesa, la promesa de la eterna productividad.
El hecho de que Han aplique el método fenomenológico a las cuestiones del presente. No hay que olvidar que se doctoró con una tesis sobre Heidegger y que no son pocas las obras que ha dedicado a esta enorme figura del pensamiento. Convierte su aproximación filo-sociológica en una dialéctica constante donde se resalta, por un lado, los efectos que deteminada forma de vivir tiene sobre nosotros y, por otra, cuales son los recovecos que se esconden detrás de dicha ideología. En este sentido, advierte Han, “es una ilusión pensar que cuanto más activo uno se vuelva, más libre se es”. Cuanto más nos transformamos en seres rendibles más perdemos el control de nuestras vidas, más olvidamos la capacidad de ser nuestro propio centro y, extasiados de positividad, anulamos la posibilidad de ser autónomos. Se trata de un exceso de individualización por acumulación que nos impide vivir eso que Peter Handke denomina el cansancio elocuente. El cansancio profundo que afloja la atadura de la identidad liberando un aura de cordialidad que nos permite vivir íntimamente conectados con nuestra interioridad, espacio donde radica la auténtica libertad.
Dentro de la sociedad del cansancio destructivo el hombre del siglo XXI ha perdido la capacidad para comprender, para asumir, el valor de la contención, del decir no, del deternerse, del cansancio creador. Parece como si el silencio y la contemplación se hubiesen convertido en medusas imposibles de contemplar. Como si la negación de la improductibidad nos debiera conducir a una sociedad mejor en constante crecimiento. Cuando lo que es cierto es que, como se está demostrando, el exceso de idea de libertad no significa más libertad efectiva para todos los individuos que conviven en una sociedad, sino la concentración de dicha libertad en manos de unos pocos.
Defender el cansancio, no puede haber idea más contraria a los intereses de la modernidad. En el segundo volumen de su particular análisis, titulado “La sociedad de la transparencia”, Han defiende que la transparencia como imposición está destruyendo los de por sí frágiles vínculos que nos unían como comunidad alterando así la fisionomía de las relaciones humanas. La nuestra es una sociedad, nos dice, que ha olvidado el reverso de las cosas, la potencia de lo oscuro, que diría Heráclito. Hemos terminado por convertirnos en una marasma de ratas en un laboratorio iluminada con luces de neón donde ya no es posible descansar, estamos expuestos a la exposición. Y este exceso representa la condensación conceptual del ideal positivo de sociedad que se denuncia en “La sociedad del cansancio”.
Al igual que con la contemplación, vivimos en un mundo incapaz de ver la importancia de la intimidad intransferible. La sociedad positiva se ha convertido en una sociedad pornográfica que recela de lo oculto y lo expone todo malogrando su esencia dialéctica, substituyéndola por la mera superficialidad transparente. El problema, según Han, es que esta exposición pornográfica nos impide realmente sentir el placer de la vida. La substitución de todo gesto de sensualidad por la instrumentalización rentable desnuda la erótica hasta neutralizarla y convertirla en mero objeto deseable, pero no gozable.
Más información, más exposición clarificante, evidente, sin resquicios, eso es lo que pide el hombre actual. La realización personal ya no pasa por una exploración de los difíciles caminos que nos mueven a la reflexión, esos caminos que Goethe relatara magistralmente, sino que lo que se busca es la inmediatez irreflexiva de los efectos, aquellos que, sin subterfugios ni elementos que nos hagan pensar, nos impiden activar nuestra naturaleza más íntima, nuestra capacidad de interpretar. Todo es mercancía, dice Han citando a Benjamin. Todo es producto, objeto limpio y obsesivo y nada queda al azar, ni al descubrimiento. La admiración ha venido a substituirse por la fascinación, convirtiendo al hombre en un ser automático, dispuesto a asumir las cosas tal y como vienen, entretenido con su superficialidad y su falta de densidad.
De manera que, si antes definíamos la obsesión positivista como una carrera ad infinitum en busca de la libertad, en el caso de la transparencia podemos hablar de un obsesión por la verdad que nos impide verla. La imprecisión, como el cansancio, no es algo que la sociedad contemporánea se permita como tal. Al contrario, ésta se ha convertido en una sociedad masificada, excreciente, proliferante, cuyo lema, la exposición constante del yo por medio de cada vez mayores mecanismos, encuentra su íntimo correlato en la imposibilidad de deternerse a tiempo y preguntarse hacia donde queremos ir.
Mediante la negación de la máscara, el hombre ha llegado a la conclusión de que la verdad tiene que ser medible, cuantificable, visible, y que sino es así no será. Resuenan aquí las palabras de Heidegger acerca del oscurecimiento necesario que implica el pensamiento instrumental. En contra de éste, Han, con Heidegger, afirma que no es posible aprehender la verdad tan sólo imprimiéndole claridad, sino que hace falta aceptar, si lo que queremos atender es a la complejidad del mundo, que nunca vamos a poder mostrar diáfanamente la totalidad de la verdad. Perseguirla nos convierte en esclavos de un ideal inalcanzable. Cuando la luz penetra la esencia de las cosas y entra en contacto con ellas pierde asímismo parte de su capacidad iluminadora y esto es algo que debemos aceptar si queremos caminar más auténticamente por entre las grutas del sentido.
El hombre de hoy en día, en cambio, prefiere la transparencia de la superficialidad, la falsa exposición. Todo se nos muestra a la vista en el mundo digital y, lejos de preocuparnos, contribuímos a ello desnudándonos nosotros mismos en una euforia irracional por mostrar nuestra privacidad. Nunca antes el control lo había tenido tan fácil, nunca antes había tenido tanta información para medir, precedir y articular sus medidas. Y todo ello gracias a la colaboración de sus principales afectados. El panóptico ya no controla, sencillamente es, lo hemos asimilado mediante el uso consciente de herramientas que acabarán decidiendo por nosotros.
Es cierto, existe una idea de transparencia noble que intenta, gracias al mecanismo de la rendición de cuentas, hacer de las decisiones que afectan a toda una comunidad decisiones democráticas, situando a los interlocutores en las condiciones básicas de información y simetría que requiere un diálogo fructífero y transformador. Sin embargo, hace falta analizar las razones que nos han llevado a abrazar esta idea de transparencia de manera tan acrítica, algo sorprendente, como si ésta representase el camino perfecto hacia la restauración de la confianza intersubjetiva sin que nadie pueda ponerla en duda. Una transparencia, a través de la cual el hombre se ha convertido en un sensor de gustos comerciales monitorizado a través de las redes sociales.
Para ello, habrá que seguir leyendo a Han. Tras el cansancio y la transparencia, los títulos que ha publicado desde entonces se dedican a desentrañar la manera que tenemos de comprender el tiempo, la agonía del amor y los supuestos de la racionalidad digital. Esperemos que lleguen pronto.
Publicado en la Cátedra Ethos
¿Qué significa filosofar en el siglo XXI? ¿Cual es la función del filósofo en un mundo capitaneado por la ciencia y la economía? ¿Cómo elaborar una teoría filosófica acerca de la sociedad actual después de haber tocado de muerte a los grandes relatos? ¿Desde donde empezar una crítica filosófica coherente con la fragmentación y la disolución del hombre que viene relatando la sociología desde hace más de un siglo?
Hoy en día no es fácil contestar a estas preguntas. Parece que el filósofo ha quedado relegado al mundo académico, un mundo hermético por definición, acusado de vivir alejado de los problemas de la mayoría. Sin embargo, si acercamos un poco más la lupa vemos que, efectivamente, sí existen un número considerable de pensadores comprometidos cuyas obras transforman la manera que tenemos de ver el mundo. Quizás sean estadístisticamente pocos y la mayoría, es cierto, son profesores, pero hoy, como en todas las épocas, existen individuos cuyas ideas nos permiten ver un poco más allá de la inmediatez y las convenciones haciéndonos más conscientes y, con ello, más preparados.
Hasta hace cuatro días, Byung-Chul Han era un completo desconocido para todo aquel que no supiera leer en alemán. Sin embargo, después de que un pequeño librito, “La sociedad del cansancio”, publicado en 2010 y traducido a ocho idiomas (Herder se ocupó del castellano en 2012) lo haya catapultado meteóricamente hasta el top ten de los filósofos contemporáneos, hay ya quien habla del “Zygmunt Bauman de Oriente”.
Y lo cierto es que la definición se ajusta mucho a su pensamiento. Con grandes dosis de materia filosófica, pero poniendo el acento en los cambios sociológicos que estan teniendo lugar en la sociedad contemporánea, la tesis con la que Han entra en la palestra filosófica es que estamos viviendo un silencioso cambio de paradigma que nos encamina, sin apenas darnos cuenta, hacia una sociedad del rendimiento. El hombre contemporáneo se ha convertido en una fábrica de sí, hiperactiva, hiperneurótica, que agota cada día su propio ser diluyéndolo en un sin fin de actividades, a la postre, vacías de sentido. Por decirlo con las palabras de un autor muy citado por Han, ha estallado el simulacro baudrillardesco y eso es algo que, obviamente, tiene sus consecuencias. Hemos pasado del éxtasis de la información al exceso de positividad, cosa que ha terminado por ahogar las fuerzas creativas de las sociedades occidentales bajo una falsa promesa, la promesa de la eterna productividad.
El hecho de que Han aplique el método fenomenológico a las cuestiones del presente. No hay que olvidar que se doctoró con una tesis sobre Heidegger y que no son pocas las obras que ha dedicado a esta enorme figura del pensamiento. Convierte su aproximación filo-sociológica en una dialéctica constante donde se resalta, por un lado, los efectos que deteminada forma de vivir tiene sobre nosotros y, por otra, cuales son los recovecos que se esconden detrás de dicha ideología. En este sentido, advierte Han, “es una ilusión pensar que cuanto más activo uno se vuelva, más libre se es”. Cuanto más nos transformamos en seres rendibles más perdemos el control de nuestras vidas, más olvidamos la capacidad de ser nuestro propio centro y, extasiados de positividad, anulamos la posibilidad de ser autónomos. El un exceso de individualización por acumulación nos impide vivir eso que Peter Handke denomina el cansancio elocuente. El cansancio profundo que afloja la atadura de la identidad liberando un aura de cordialidad que nos permite vivir íntimamente conectados con nuestra interioridad, espacio donde radica la auténtica libertad.
Dentro de la sociedad del cansancio destructivo el hombre del siglo XXI ha perdido la capacidad para comprender, para asumir, el valor de la contención, del decir no, del deternerse, del cansancio creador. Parece como si el silencio y la contemplación se hubiesen convertido en medusas imposibles de contemplar. Como si la negación de la improductibidad nos debiera conducir a una sociedad mejor en constante crecimiento. Cuando lo que es cierto es que, como se está demostrando, el exceso de idea de libertad no significa más libertad efectiva para todos los individuos que conviven en una sociedad, sino la concentración de dicha libertad en manos de unos pocos.
Defender el cansancio, no puede haber idea más contraria a los intereses de la modernidad. Una propuesta que intenta ir más allá de los preceptos de la ciencia y del mercado y, muy especialmente, en contra de su idea de transparencia necesaria. Una transparencia, el objeto de estudio de su segundo libro traducido al castellano, a través de la cual el hombre se ha convertido en un sensor de gustos comerciales monitorizado a través de las redes sociales.
En el segundo volumen de su particular análisis, titulado “La sociedad de la transparencia”, Han defiende que la transparencia como imposición está destruyendo los de por sí frágiles vínculos que nos unían como comunidad alterando así la fisionomía de las relaciones humanas. La nuestra es una sociedad, nos dice, que ha olvidado el reverso de las cosas, la potencia de lo oscuro, que diría Heráclito. Hemos terminado por convertirnos en una marasma de ratas en un laboratorio iluminada con luces de neón donde ya no es posible descansar, estamos expuestos a la exposición. Y este exceso representa la condensación conceptual del ideal positivo de sociedad que se denuncia en “La sociedad del cansancio”.
Al igual que con la contemplación, vivimos en un mundo incapaz de ver la importancia de la intimidad intransferible. La sociedad positiva se ha convertido en una sociedad pornográfica que recela de lo oculto y lo expone todo malogrando su esencia dialéctica, substituyéndola por la mera superficialidad transparente. El problema, según Han, es que esta exposición pornográfica nos impide realmente sentir el placer de la vida. La substitución de todo gesto de sensualidad por la instrumentalización rentable desnuda la erótica hasta neutralizarla y convertirla en mero objeto deseable, pero no gozable.
Más información, más exposición clarificante, evidente, sin resquicios, eso es lo que pide el hombre actual. La realización personal ya no pasa por una exploración de los difíciles caminos que nos mueven a la reflexión, esos caminos que Goethe relatara magistralmente, sino que lo que se busca es la inmediatez irreflexiva de los efectos, aquellos que, sin subterfugios ni elementos que nos hagan pensar, nos impiden activar nuestra naturaleza más íntima, nuestra capacidad de interpretar. Todo es mercancía, dice Han citando a Benjamin. Todo es producto, objeto limpio y obsesivo y nada queda al azar, ni al descubrimiento. La admiración ha venido a substituirse por la fascinación, convirtiendo al hombre en un ser automático, dispuesto a asumir las cosas tal y como vienen, entretenido con su superficialidad y su falta de densidad.
De manera que, si antes definíamos la obsesión positivista como una carrera ad infinitum en busca de la libertad, en el caso de la transparencia podemos hablar de un obsesión por la verdad que nos impide verla. La imprecisión, como el cansancio, no es algo que la sociedad contemporánea se permita como tal. Al contrario, ésta se ha convertido en una sociedad masificada, excreciente, proliferante, cuyo lema, la exposición constante del yo por medio de cada vez mayores mecanismos, encuentra su íntimo correlato en la imposibilidad de deternerse a tiempo y preguntarse hacia donde queremos ir.
Mediante la negación de la máscara, el hombre ha llegado a la conclusión de que la verdad tiene que ser medible, cuantificable, visible, y que sino es así no será. Resuenan aquí las palabras de Heidegger acerca del oscurecimiento necesario que implica el pensamiento instrumental. En contra de éste, Han, con Heidegger, afirma que no es posible aprehender la verdad tan sólo imprimiéndole claridad, sino que hace falta aceptar, si lo que queremos atender es a la complejidad del mundo, que nunca vamos a poder mostrar diáfanamente la totalidad de la verdad. Perseguirla nos convierte en esclavos de un ideal inalcanzable. Cuando la luz penetra la esencia de las cosas y entra en contacto con ellas pierde asímismo parte de su capacidad iluminadora y esto es algo que debemos aceptar si queremos caminar más auténticamente por entre las grutas del sentido.
El hombre de hoy en día, en cambio, prefiere la transparencia de la superficialidad, la falsa exposición. Todo se nos muestra a la vista en el mundo digital y, lejos de preocuparnos, contribuímos a ello desnudándonos nosotros mismos en una euforia irracional por mostrar nuestra privacidad. Nunca antes el control lo había tenido tan fácil, nunca antes había tenido tanta información para medir, precedir y articular sus medidas. Y todo ello gracias a la colaboración de sus principales aceptados. El panóptico ya no controla, sencillamente es, lo hemos asimilado mediante el uso consciente de herramientas que acabarán decidiendo por nosotros.
Es cierto, existe una idea de transparencia noble que intenta, gracias al mecanismo de la rendición de cuentas, hacer de las decisiones que afectan a toda una comunidad decisiones democráticas, situando a los interlocutores en las condiciones básicas de información y simetría que requiere un diálogo fructífero y transformador. Sin embargo, por otro lado, hace falta analizar las razones que nos han llevado a abrazar esta idea de transparencia de manera tan acrítica, algo sorprendente, como si ésta representase el camino perfecto hacia la restauración de la confianza intersubjetiva sin que nadie pueda ponerla en duda.
Para ello, habrá que seguir leyendo a Han. Tras el cansancio y la transparencia, los títulos que ha publicado desde entonces se dedican a desentrañar la manera que tenemos de comprender el tiempo, la agonía del amor y los supuestos de la racionalidad digital. Esperemos que lleguen pronto.
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¿Qué significa filosofar en el siglo XXI? ¿Cual es la función del filósofo en un mundo capitaneado por la ciencia y la economía? ¿Cómo elaborar una teoría filosófica acerca de la sociedad actual después de haber tocado de muerte a los grandes relatos? ¿Desde donde empezar una crítica filosófica coherente con la fragmentación y la disolución del hombre que viene relatando la sociología desde hace más de un siglo?
Hoy en día no es fácil contestar a estas preguntas. Parece que el filósofo ha quedado relegado al mundo académico, un mundo hermético por definición, acusado de vivir alejado de los problemas de la mayoría. Sin embargo, si acercamos un poco más la lupa vemos que, efectivamente, sí existen un número considerable de pensadores comprometidos cuyas obras transforman la manera que tenemos de ver el mundo. Quizás sean estadístisticamente pocos y la mayoría, es cierto, son profesores, pero hoy, como en todas las épocas, existen individuos cuyas ideas nos permiten ver un poco más allá de la inmediatez y las convenciones haciéndonos más conscientes y, con ello, más preparados.
Hasta hace cuatro días, Byung-Chul Han era un completo desconocido para todo aquel que no supiera leer en alemán. Sin embargo, después de que un pequeño librito, “La sociedad del cansancio”, publicado en 2010 y traducido a ocho idiomas (Herder se ocupó del castellano en 2012) lo haya catapultado meteóricamente hasta el top ten de los filósofos contemporáneos, hay ya quien habla del “Zygmunt Bauman de Oriente”.
Y lo cierto es que la definición se ajusta mucho a su pensamiento. Con grandes dosis de materia filosófica, pero poniendo el acento en los cambios sociológicos que estan teniendo lugar en la sociedad contemporánea, la tesis con la que Han entra en la palestra filosófica es que estamos viviendo un silencioso cambio de paradigma que nos encamina, sin apenas darnos cuenta, hacia una sociedad del rendimiento. El hombre contemporáneo se ha convertido en una fábrica de sí, hiperactiva, hiperneurótica, que agota cada día su propio ser diluyéndolo en un sin fin de actividades, a la postre, vacías de sentido. Por decirlo con las palabras de un autor muy citado por Han, ha estallado el simulacro baudrillardesco y eso es algo que, obviamente, tiene sus consecuencias. Hemos pasado del éxtasis de la información al exceso de positividad, cosa que ha terminado por ahogar las fuerzas creativas de las sociedades occidentales bajo una falsa promesa, la promesa de la eterna productividad.
El hecho de que Han aplique el método fenomenológico a las cuestiones del presente. No hay que olvidar que se doctoró con una tesis sobre Heidegger y que no son pocas las obras que ha dedicado a esta enorme figura del pensamiento. Convierte su aproximación filo-sociológica en una dialéctica constante donde se resalta, por un lado, los efectos que deteminada forma de vivir tiene sobre nosotros y, por otra, cuales son los recovecos que se esconden detrás de dicha ideología. En este sentido, advierte Han, “es una ilusión pensar que cuanto más activo uno se vuelva, más libre se es”. Cuanto más nos transformamos en seres rendibles más perdemos el control de nuestras vidas, más olvidamos la capacidad de ser nuestro propio centro y, extasiados de positividad, anulamos la posibilidad de ser autónomos. El un exceso de individualización por acumulación nos impide vivir eso que Peter Handke denomina el cansancio elocuente. El cansancio profundo que afloja la atadura de la identidad liberando un aura de cordialidad que nos permite vivir íntimamente conectados con nuestra interioridad, espacio donde radica la auténtica libertad.
Dentro de la sociedad del cansancio destructivo el hombre del siglo XXI ha perdido la capacidad para comprender, para asumir, el valor de la contención, del decir no, del deternerse, del cansancio creador. Parece como si el silencio y la contemplación se hubiesen convertido en medusas imposibles de contemplar. Como si la negación de la improductibidad nos debiera conducir a una sociedad mejor en constante crecimiento. Cuando lo que es cierto es que, como se está demostrando, el exceso de idea de libertad no significa más libertad efectiva para todos los individuos que conviven en una sociedad, sino la concentración de dicha libertad en manos de unos pocos.
Defender el cansancio, no puede haber idea más contraria a los intereses de la modernidad. Una propuesta que intenta ir más allá de los preceptos de la ciencia y del mercado y, muy especialmente, en contra de su idea de transparencia necesaria. Una transparencia, el objeto de estudio de su segundo libro traducido al castellano, a través de la cual el hombre se ha convertido en un sensor de gustos comerciales monitorizado a través de las redes sociales.
En el segundo volumen de su particular análisis, titulado “La sociedad de la transparencia”, Han defiende que la transparencia como imposición está destruyendo los de por sí frágiles vínculos que nos unían como comunidad alterando así la fisionomía de las relaciones humanas. La nuestra es una sociedad, nos dice, que ha olvidado el reverso de las cosas, la potencia de lo oscuro, que diría Heráclito. Hemos terminado por convertirnos en una marasma de ratas en un laboratorio iluminada con luces de neón donde ya no es posible descansar, estamos expuestos a la exposición. Y este exceso representa la condensación conceptual del ideal positivo de sociedad que se denuncia en “La sociedad del cansancio”.
Al igual que con la contemplación, vivimos en un mundo incapaz de ver la importancia de la intimidad intransferible. La sociedad positiva se ha convertido en una sociedad pornográfica que recela de lo oculto y lo expone todo malogrando su esencia dialéctica, substituyéndola por la mera superficialidad transparente. El problema, según Han, es que esta exposición pornográfica nos impide realmente sentir el placer de la vida. La substitución de todo gesto de sensualidad por la instrumentalización rentable desnuda la erótica hasta neutralizarla y convertirla en mero objeto deseable, pero no gozable.
Más información, más exposición clarificante, evidente, sin resquicios, eso es lo que pide el hombre actual. La realización personal ya no pasa por una exploración de los difíciles caminos que nos mueven a la reflexión, esos caminos que Goethe relatara magistralmente, sino que lo que se busca es la inmediatez irreflexiva de los efectos, aquellos que, sin subterfugios ni elementos que nos hagan pensar, nos impiden activar nuestra naturaleza más íntima, nuestra capacidad de interpretar. Todo es mercancía, dice Han citando a Benjamin. Todo es producto, objeto limpio y obsesivo y nada queda al azar, ni al descubrimiento. La admiración ha venido a substituirse por la fascinación, convirtiendo al hombre en un ser automático, dispuesto a asumir las cosas tal y como vienen, entretenido con su superficialidad y su falta de densidad.
De manera que, si antes definíamos la obsesión positivista como una carrera ad infinitum en busca de la libertad, en el caso de la transparencia podemos hablar de un obsesión por la verdad que nos impide verla. La imprecisión, como el cansancio, no es algo que la sociedad contemporánea se permita como tal. Al contrario, ésta se ha convertido en una sociedad masificada, excreciente, proliferante, cuyo lema, la exposición constante del yo por medio de cada vez mayores mecanismos, encuentra su íntimo correlato en la imposibilidad de deternerse a tiempo y preguntarse hacia donde queremos ir.
Mediante la negación de la máscara, el hombre ha llegado a la conclusión de que la verdad tiene que ser medible, cuantificable, visible, y que sino es así no será. Resuenan aquí las palabras de Heidegger acerca del oscurecimiento necesario que implica el pensamiento instrumental. En contra de éste, Han, con Heidegger, afirma que no es posible aprehender la verdad tan sólo imprimiéndole claridad, sino que hace falta aceptar, si lo que queremos atender es a la complejidad del mundo, que nunca vamos a poder mostrar diáfanamente la totalidad de la verdad. Perseguirla nos convierte en esclavos de un ideal inalcanzable. Cuando la luz penetra la esencia de las cosas y entra en contacto con ellas pierde asímismo parte de su capacidad iluminadora y esto es algo que debemos aceptar si queremos caminar más auténticamente por entre las grutas del sentido.
El hombre de hoy en día, en cambio, prefiere la transparencia de la superficialidad, la falsa exposición. Todo se nos muestra a la vista en el mundo digital y, lejos de preocuparnos, contribuímos a ello desnudándonos nosotros mismos en una euforia irracional por mostrar nuestra privacidad. Nunca antes el control lo había tenido tan fácil, nunca antes había tenido tanta información para medir, precedir y articular sus medidas. Y todo ello gracias a la colaboración de sus principales aceptados. El panóptico ya no controla, sencillamente es, lo hemos asimilado mediante el uso consciente de herramientas que acabarán decidiendo por nosotros.
Es cierto, existe una idea de transparencia noble que intenta, gracias al mecanismo de la rendición de cuentas, hacer de las decisiones que afectan a toda una comunidad decisiones democráticas, situando a los interlocutores en las condiciones básicas de información y simetría que requiere un diálogo fructífero y transformador. Sin embargo, por otro lado, hace falta analizar las razones que nos han llevado a abrazar esta idea de transparencia de manera tan acrítica, algo sorprendente, como si ésta representase el camino perfecto hacia la restauración de la confianza intersubjetiva sin que nadie pueda ponerla en duda.
Para ello, habrá que seguir leyendo a Han. Tras el cansancio y la transparencia, los títulos que ha publicado desde entonces se dedican a desentrañar la manera que tenemos de comprender el tiempo, la agonía del amor y los supuestos de la racionalidad digital. Esperemos que lleguen pronto.
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¿Qué significa filosofar en el siglo XXI? ¿Cual es la función del filósofo en un mundo capitaneado por la ciencia y la economía? ¿Cómo elaborar una teoría filosófica acerca de la sociedad actual después de haber tocado de muerte a los grandes relatos? ¿Desde donde empezar una crítica filosófica coherente con la fragmentación y la disolución del hombre que viene relatando la sociología desde hace más de un siglo?
Hoy en día no es fácil contestar a estas preguntas. Parece que el filósofo ha quedado relegado al mundo académico, un mundo hermético por definición, acusado de vivir alejado de los problemas de la mayoría. Sin embargo, si acercamos un poco más la lupa vemos que, efectivamente, sí existen un número considerable de pensadores comprometidos cuyas obras transforman la manera que tenemos de ver el mundo. Quizás sean estadístisticamente pocos y la mayoría, es cierto, son profesores, pero hoy, como en todas las épocas, existen individuos cuyas ideas nos permiten ver un poco más allá de la inmediatez y las convenciones haciéndonos más conscientes y, con ello, más preparados.
Hasta hace cuatro días, Byung-Chul Han era un completo desconocido para todo aquel que no supiera leer en alemán. Sin embargo, después de que un pequeño librito, “La sociedad del cansancio”, publicado en 2010 y traducido a ocho idiomas (Herder se ocupó del castellano en 2012) lo haya catapultado meteóricamente hasta el top ten de los filósofos contemporáneos, hay ya quien habla del “Zygmunt Bauman de Oriente”.
Y lo cierto es que la definición se ajusta mucho a su pensamiento. Con grandes dosis de materia filosófica, pero poniendo el acento en los cambios sociológicos que estan teniendo lugar en la sociedad contemporánea, la tesis con la que Han entra en la palestra filosófica es que estamos viviendo un silencioso cambio de paradigma que nos encamina, sin apenas darnos cuenta, hacia una sociedad del rendimiento. El hombre contemporáneo se ha convertido en una fábrica de sí, hiperactiva, hiperneurótica, que agota cada día su propio ser diluyéndolo en un sin fin de actividades, a la postre, vacías de sentido. Por decirlo con las palabras de un autor muy citado por Han, ha estallado el simulacro baudrillardesco y eso es algo que, obviamente, tiene sus consecuencias. Hemos pasado del éxtasis de la información al exceso de positividad, cosa que ha terminado por ahogar las fuerzas creativas de las sociedades occidentales bajo una falsa promesa, la promesa de la eterna productividad.
El hecho de que Han aplique el método fenomenológico a las cuestiones del presente. No hay que olvidar que se doctoró con una tesis sobre Heidegger y que no son pocas las obras que ha dedicado a esta enorme figura del pensamiento. Convierte su aproximación filo-sociológica en una dialéctica constante donde se resalta, por un lado, los efectos que deteminada forma de vivir tiene sobre nosotros y, por otra, cuales son los recovecos que se esconden detrás de dicha ideología. En este sentido, advierte Han, “es una ilusión pensar que cuanto más activo uno se vuelva, más libre se es”. Cuanto más nos transformamos en seres rendibles más perdemos el control de nuestras vidas, más olvidamos la capacidad de ser nuestro propio centro y, extasiados de positividad, anulamos la posibilidad de ser autónomos. El un exceso de individualización por acumulación nos impide vivir eso que Peter Handke denomina el cansancio elocuente. El cansancio profundo que afloja la atadura de la identidad liberando un aura de cordialidad que nos permite vivir íntimamente conectados con nuestra interioridad, espacio donde radica la auténtica libertad.
Dentro de la sociedad del cansancio destructivo el hombre del siglo XXI ha perdido la capacidad para comprender, para asumir, el valor de la contención, del decir no, del deternerse, del cansancio creador. Parece como si el silencio y la contemplación se hubiesen convertido en medusas imposibles de contemplar. Como si la negación de la improductibidad nos debiera conducir a una sociedad mejor en constante crecimiento. Cuando lo que es cierto es que, como se está demostrando, el exceso de idea de libertad no significa más libertad efectiva para todos los individuos que conviven en una sociedad, sino la concentración de dicha libertad en manos de unos pocos.
Defender el cansancio, no puede haber idea más contraria a los intereses de la modernidad. Una propuesta que intenta ir más allá de los preceptos de la ciencia y del mercado y, muy especialmente, en contra de su idea de transparencia necesaria. Una transparencia, el objeto de estudio de su segundo libro traducido al castellano, a través de la cual el hombre se ha convertido en un sensor de gustos comerciales monitorizado a través de las redes sociales.
En el segundo volumen de su particular análisis, titulado “La sociedad de la transparencia”, Han defiende que la transparencia como imposición está destruyendo los de por sí frágiles vínculos que nos unían como comunidad alterando así la fisionomía de las relaciones humanas. La nuestra es una sociedad, nos dice, que ha olvidado el reverso de las cosas, la potencia de lo oscuro, que diría Heráclito. Hemos terminado por convertirnos en una marasma de ratas en un laboratorio iluminada con luces de neón donde ya no es posible descansar, estamos expuestos a la exposición. Y este exceso representa la condensación conceptual del ideal positivo de sociedad que se denuncia en “La sociedad del cansancio”.
Al igual que con la contemplación, vivimos en un mundo incapaz de ver la importancia de la intimidad intransferible. La sociedad positiva se ha convertido en una sociedad pornográfica que recela de lo oculto y lo expone todo malogrando su esencia dialéctica, substituyéndola por la mera superficialidad transparente. El problema, según Han, es que esta exposición pornográfica nos impide realmente sentir el placer de la vida. La substitución de todo gesto de sensualidad por la instrumentalización rentable desnuda la erótica hasta neutralizarla y convertirla en mero objeto deseable, pero no gozable.
Más información, más exposición clarificante, evidente, sin resquicios, eso es lo que pide el hombre actual. La realización personal ya no pasa por una exploración de los difíciles caminos que nos mueven a la reflexión, esos caminos que Goethe relatara magistralmente, sino que lo que se busca es la inmediatez irreflexiva de los efectos, aquellos que, sin subterfugios ni elementos que nos hagan pensar, nos impiden activar nuestra naturaleza más íntima, nuestra capacidad de interpretar. Todo es mercancía, dice Han citando a Benjamin. Todo es producto, objeto limpio y obsesivo y nada queda al azar, ni al descubrimiento. La admiración ha venido a substituirse por la fascinación, convirtiendo al hombre en un ser automático, dispuesto a asumir las cosas tal y como vienen, entretenido con su superficialidad y su falta de densidad.
De manera que, si antes definíamos la obsesión positivista como una carrera ad infinitum en busca de la libertad, en el caso de la transparencia podemos hablar de un obsesión por la verdad que nos impide verla. La imprecisión, como el cansancio, no es algo que la sociedad contemporánea se permita como tal. Al contrario, ésta se ha convertido en una sociedad masificada, excreciente, proliferante, cuyo lema, la exposición constante del yo por medio de cada vez mayores mecanismos, encuentra su íntimo correlato en la imposibilidad de deternerse a tiempo y preguntarse hacia donde queremos ir.
Mediante la negación de la máscara, el hombre ha llegado a la conclusión de que la verdad tiene que ser medible, cuantificable, visible, y que sino es así no será. Resuenan aquí las palabras de Heidegger acerca del oscurecimiento necesario que implica el pensamiento instrumental. En contra de éste, Han, con Heidegger, afirma que no es posible aprehender la verdad tan sólo imprimiéndole claridad, sino que hace falta aceptar, si lo que queremos atender es a la complejidad del mundo, que nunca vamos a poder mostrar diáfanamente la totalidad de la verdad. Perseguirla nos convierte en esclavos de un ideal inalcanzable. Cuando la luz penetra la esencia de las cosas y entra en contacto con ellas pierde asímismo parte de su capacidad iluminadora y esto es algo que debemos aceptar si queremos caminar más auténticamente por entre las grutas del sentido.
El hombre de hoy en día, en cambio, prefiere la transparencia de la superficialidad, la falsa exposición. Todo se nos muestra a la vista en el mundo digital y, lejos de preocuparnos, contribuímos a ello desnudándonos nosotros mismos en una euforia irracional por mostrar nuestra privacidad. Nunca antes el control lo había tenido tan fácil, nunca antes había tenido tanta información para medir, precedir y articular sus medidas. Y todo ello gracias a la colaboración de sus principales aceptados. El panóptico ya no controla, sencillamente es, lo hemos asimilado mediante el uso consciente de herramientas que acabarán decidiendo por nosotros.
Es cierto, existe una idea de transparencia noble que intenta, gracias al mecanismo de la rendición de cuentas, hacer de las decisiones que afectan a toda una comunidad decisiones democráticas, situando a los interlocutores en las condiciones básicas de información y simetría que requiere un diálogo fructífero y transformador. Sin embargo, por otro lado, hace falta analizar las razones que nos han llevado a abrazar esta idea de transparencia de manera tan acrítica, algo sorprendente, como si ésta representase el camino perfecto hacia la restauración de la confianza intersubjetiva sin que nadie pueda ponerla en duda.
Para ello, habrá que seguir leyendo a Han. Tras el cansancio y la transparencia, los títulos que ha publicado desde entonces se dedican a desentrañar la manera que tenemos de comprender el tiempo, la agonía del amor y los supuestos de la racionalidad digital. Esperemos que lleguen pronto.

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¿Qué significa filosofar en el siglo XXI? ¿Cual es la función del filósofo en un mundo capitaneado por la ciencia y la economía? ¿Cómo elaborar una teoría filosófica acerca de la sociedad actual después de haber tocado de muerte a los grandes relatos? ¿Desde donde empezar una crítica filosófica coherente con la fragmentación y la disolución del hombre que viene relatando la sociología desde hace más de un siglo?
Hoy en día no es fácil contestar a estas preguntas. Parece que el filósofo ha quedado relegado al mundo académico, un mundo hermético por definición, acusado de vivir alejado de los problemas de la mayoría. Sin embargo, si acercamos un poco más la lupa vemos que, efectivamente, sí existen un número considerable de pensadores comprometidos cuyas obras transforman la manera que tenemos de ver el mundo. Quizás sean estadístisticamente pocos y la mayoría, es cierto, son profesores, pero hoy, como en todas las épocas, existen individuos cuyas ideas nos permiten ver un poco más allá de la inmediatez y las convenciones haciéndonos más conscientes y, con ello, más preparados.
Hasta hace cuatro días, Byung-Chul Han era un completo desconocido para todo aquel que no supiera leer en alemán. Sin embargo, después de que un pequeño librito, “La sociedad del cansancio”, publicado en 2010 y traducido a ocho idiomas (Herder se ocupó del castellano en 2012) lo haya catapultado meteóricamente hasta el top ten de los filósofos contemporáneos, hay ya quien habla del “Zygmunt Bauman de Oriente”.
Y lo cierto es que la definición se ajusta mucho a su pensamiento. Con grandes dosis de materia filosófica, pero poniendo el acento en los cambios sociológicos que estan teniendo lugar en la sociedad contemporánea, la tesis con la que Han entra en la palestra filosófica es que estamos viviendo un silencioso cambio de paradigma que nos encamina, sin apenas darnos cuenta, hacia una sociedad del rendimiento. El hombre contemporáneo se ha convertido en una fábrica de sí, hiperactiva, hiperneurótica, que agota cada día su propio ser diluyéndolo en un sin fin de actividades, a la postre, vacías de sentido. Por decirlo con las palabras de un autor muy citado por Han, ha estallado el simulacro baudrillardesco y eso es algo que, obviamente, tiene sus consecuencias. Hemos pasado del éxtasis de la información al exceso de positividad, cosa que ha terminado por ahogar las fuerzas creativas de las sociedades occidentales bajo una falsa promesa, la promesa de la eterna productividad.
El hecho de que Han aplique el método fenomenológico a las cuestiones del presente. No hay que olvidar que se doctoró con una tesis sobre Heidegger y que no son pocas las obras que ha dedicado a esta enorme figura del pensamiento. Convierte su aproximación filo-sociológica en una dialéctica constante donde se resalta, por un lado, los efectos que deteminada forma de vivir tiene sobre nosotros y, por otra, cuales son los recovecos que se esconden detrás de dicha ideología. En este sentido, advierte Han, “es una ilusión pensar que cuanto más activo uno se vuelva, más libre se es”. Cuanto más nos transformamos en seres rendibles más perdemos el control de nuestras vidas, más olvidamos la capacidad de ser nuestro propio centro y, extasiados de positividad, anulamos la posibilidad de ser autónomos. El un exceso de individualización por acumulación nos impide vivir eso que Peter Handke denomina el cansancio elocuente. El cansancio profundo que afloja la atadura de la identidad liberando un aura de cordialidad que nos permite vivir íntimamente conectados con nuestra interioridad, espacio donde radica la auténtica libertad.
Dentro de la sociedad del cansancio destructivo el hombre del siglo XXI ha perdido la capacidad para comprender, para asumir, el valor de la contención, del decir no, del deternerse, del cansancio creador. Parece como si el silencio y la contemplación se hubiesen convertido en medusas imposibles de contemplar. Como si la negación de la improductibidad nos debiera conducir a una sociedad mejor en constante crecimiento. Cuando lo que es cierto es que, como se está demostrando, el exceso de idea de libertad no significa más libertad efectiva para todos los individuos que conviven en una sociedad, sino la concentración de dicha libertad en manos de unos pocos.
Defender el cansancio, no puede haber idea más contraria a los intereses de la modernidad. Una propuesta que intenta ir más allá de los preceptos de la ciencia y del mercado y, muy especialmente, en contra de su idea de transparencia necesaria. Una transparencia, el objeto de estudio de su segundo libro traducido al castellano, a través de la cual el hombre se ha convertido en un sensor de gustos comerciales monitorizado a través de las redes sociales.
En el segundo volumen de su particular análisis, titulado “La sociedad de la transparencia”, Han defiende que la transparencia como imposición está destruyendo los de por sí frágiles vínculos que nos unían como comunidad alterando así la fisionomía de las relaciones humanas. La nuestra es una sociedad, nos dice, que ha olvidado el reverso de las cosas, la potencia de lo oscuro, que diría Heráclito. Hemos terminado por convertirnos en una marasma de ratas en un laboratorio iluminada con luces de neón donde ya no es posible descansar, estamos expuestos a la exposición. Y este exceso representa la condensación conceptual del ideal positivo de sociedad que se denuncia en “La sociedad del cansancio”.
Al igual que con la contemplación, vivimos en un mundo incapaz de ver la importancia de la intimidad intransferible. La sociedad positiva se ha convertido en una sociedad pornográfica que recela de lo oculto y lo expone todo malogrando su esencia dialéctica, substituyéndola por la mera superficialidad transparente. El problema, según Han, es que esta exposición pornográfica nos impide realmente sentir el placer de la vida. La substitución de todo gesto de sensualidad por la instrumentalización rentable desnuda la erótica hasta neutralizarla y convertirla en mero objeto deseable, pero no gozable.
Más información, más exposición clarificante, evidente, sin resquicios, eso es lo que pide el hombre actual. La realización personal ya no pasa por una exploración de los difíciles caminos que nos mueven a la reflexión, esos caminos que Goethe relatara magistralmente, sino que lo que se busca es la inmediatez irreflexiva de los efectos, aquellos que, sin subterfugios ni elementos que nos hagan pensar, nos impiden activar nuestra naturaleza más íntima, nuestra capacidad de interpretar. Todo es mercancía, dice Han citando a Benjamin. Todo es producto, objeto limpio y obsesivo y nada queda al azar, ni al descubrimiento. La admiración ha venido a substituirse por la fascinación, convirtiendo al hombre en un ser automático, dispuesto a asumir las cosas tal y como vienen, entretenido con su superficialidad y su falta de densidad.
De manera que, si antes definíamos la obsesión positivista como una carrera ad infinitum en busca de la libertad, en el caso de la transparencia podemos hablar de un obsesión por la verdad que nos impide verla. La imprecisión, como el cansancio, no es algo que la sociedad contemporánea se permita como tal. Al contrario, ésta se ha convertido en una sociedad masificada, excreciente, proliferante, cuyo lema, la exposición constante del yo por medio de cada vez mayores mecanismos, encuentra su íntimo correlato en la imposibilidad de deternerse a tiempo y preguntarse hacia donde queremos ir.
Mediante la negación de la máscara, el hombre ha llegado a la conclusión de que la verdad tiene que ser medible, cuantificable, visible, y que sino es así no será. Resuenan aquí las palabras de Heidegger acerca del oscurecimiento necesario que implica el pensamiento instrumental. En contra de éste, Han, con Heidegger, afirma que no es posible aprehender la verdad tan sólo imprimiéndole claridad, sino que hace falta aceptar, si lo que queremos atender es a la complejidad del mundo, que nunca vamos a poder mostrar diáfanamente la totalidad de la verdad. Perseguirla nos convierte en esclavos de un ideal inalcanzable. Cuando la luz penetra la esencia de las cosas y entra en contacto con ellas pierde asímismo parte de su capacidad iluminadora y esto es algo que debemos aceptar si queremos caminar más auténticamente por entre las grutas del sentido.
El hombre de hoy en día, en cambio, prefiere la transparencia de la superficialidad, la falsa exposición. Todo se nos muestra a la vista en el mundo digital y, lejos de preocuparnos, contribuímos a ello desnudándonos nosotros mismos en una euforia irracional por mostrar nuestra privacidad. Nunca antes el control lo había tenido tan fácil, nunca antes había tenido tanta información para medir, precedir y articular sus medidas. Y todo ello gracias a la colaboración de sus principales aceptados. El panóptico ya no controla, sencillamente es, lo hemos asimilado mediante el uso consciente de herramientas que acabarán decidiendo por nosotros.
Es cierto, existe una idea de transparencia noble que intenta, gracias al mecanismo de la rendición de cuentas, hacer de las decisiones que afectan a toda una comunidad decisiones democráticas, situando a los interlocutores en las condiciones básicas de información y simetría que requiere un diálogo fructífero y transformador. Sin embargo, por otro lado, hace falta analizar las razones que nos han llevado a abrazar esta idea de transparencia de manera tan acrítica, algo sorprendente, como si ésta representase el camino perfecto hacia la restauración de la confianza intersubjetiva sin que nadie pueda ponerla en duda.
Para ello, habrá que seguir leyendo a Han. Tras el cansancio y la transparencia, los títulos que ha publicado desde entonces se dedican a desentrañar la manera que tenemos de comprender el tiempo, la agonía del amor y los supuestos de la racionalidad digital. Esperemos que lleguen pronto.

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2 pensaments sobre “Byung-Chul Han, la sociedad del cansancio y de la transparencia. Editoral Herder, 2012-13

  1. Alguien me puede decir por qué las sirenas de las ambulancias no penetran en su habitación? Capitulo: La sociedad de la aceleración; libro: la sociedad de la transparencia

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